«Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia» (Aldous Huxley)
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A lo largo del siglo XVIII una serie de transformaciones sociales, políticas e ideológicas revolucionaron la vida civil de las sociedades europeas. Por fin valores como cultura, igualdad o razón impregnan el pensamiento de una sociedad librepensadora. Por fin se lleva a cabo una explicación de la realidad humana a partir de los datos de la experiencia, de su constatación empírica, evitando imposiciones religiosas, a la vez que poniendo en duda sistemas políticos obsoletos y absolutistas.
A este movimiento se denominó más tarde Ilustración por su declarada finalidad de disipar las tinieblas de la humanidad mediante las luces de la razón. Por ello el siglo XVIII también es conocido, por este motivo, como el Siglo de las Luces y del asentamiento de la fe en el progreso.
Los pensadores de la Ilustración francesa sostenían que el conocimiento humano podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía para construir un mundo mejor. Así, uno de sus máximos esfuerzos fue intentar recoger todo el conocimiento humano en una misma obra, de forma que la “Enciclopedia” acabó siendo la obra más representativa de la Ilustración.
Originalmente denominada “L’Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers”, fue editada entre los años 1751 y 1772. Contiene gran parte del saber del siglo XVIII y en ella participaron cerca de 150 colaboradores expertos en distintas materias, siendo los más destacados Voltaire, Diderot, D’Alembert, Montesquieu o Rousseau.
Los enciclopedistas pertenecieron al sector activo que colaboró para un nuevo orden económico y social, por lo que la obra gozaba de ese espíritu filosófico, científico, crítico y burgués que el “Siglo de las Luces” pretendía extender por las sociedades del mundo.
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Denis Diderot, que se convertirá en la punta de lanza de la Ilustración radical, dedica a la Enciclopedia los mejores años de su vida.
El espíritu de la Enciclopedia para Diderot es que ésta fuese un canto a la tolerancia, al conocimiento humano y una denuncia de la superstición y del fanatismo religioso. En este canto a la libertad también se incluía una condena del colonialismo. De hecho, parece ser que el propio Diderot no era excesivamente partidario de la presión que el Reino de España ejercía expoliando sus colonias, y por eso llegó a escribir en “Historia de las dos Indias”, el libro más vendido del siglo XVIII, sobre el Reino de España y su intervención colonialista en América, frases como:
“Si la península Ibérica merece ser estudiada, es por ¡sus crímenes!” o, “Porque además de ser crueles, vagos y fanfarrones, los españoles habían demostrado con creces su escaso interés por la ciencia y el conocimiento en general”.
Finalmente, tras 26 años de dedicación —de 1745 a 1772—, la gran obra ve la luz con un éxito inaudito, pues se venden 4.000 ejemplares, a un precio equivalente al sueldo anual de un maestro artesano. Comprende 17 volúmenes de texto con 71.818 artículos y 11 volúmenes de ilustraciones, que se imprimieron unas 25.000 veces antes de finalizar el siglo.
Abarcó todas las materias posibles del conocimiento humano como la filosofía, ciencia, artes, religión y, también materias como la política y la geografía. Es en esta última sección -la geografía- cuando en 1782, al ilustrado y experto encargado de esta sección de la Encyclopédie méthodique, Masson de Morvilliers, se le plantea un dilema personal. El de cómo introducir y definir al “atrasado” vecino del sur. Finalmente, sin grandes miramientos, acabó optando por un texto que tras su publicación conmovió las entrañas de la cultura española.
A continuación se extracta el Artículo incluido en la “Geographie Moderne”, tomo I, páginas 554-68, de la “Encyclopedie Methodique”, París, 1782:
“España:
Uno de nuestros grandes escritores dice que España debería ser uno de los poderosos reinos de Europa, pero que la debilidad de su gobierno, la Inquisición, los frailes, el perezoso orgullo de sus habitantes, han hecho pasar a otras manos la riqueza del Nuevo Mundo. Así, este hermoso reino, que causaba antes tanto terror a Europa, ha caído gradualmente en una decadencia de la que le ha de costar levantarse. (…/…)
Sería sin duda un acontecimiento muy singular si América se sacudiese el yugo de España y, por un hábil virrey de las Indias, tomara el partido de los americanos, y los mantuviese en su potencia y en su genio. Sus tierras producirían en seguida nuestros frutos, y al no tener sus habitantes necesidad de nuestras mercancías y de nuestro dinero, nos harían caer sobre poco más menos en el mismo estado de indigencia en el que estábamos hace cuatro siglos. Yo reconozco que España está lejos de esta revolución, pero el imperio de la fortuna es muy amplío y la prudencia de los hombres no puede jactarse de prever y de vencer todos sus caprichos. (…/…)
…, (de) los desastres que desolan de vez en cuando a España; acusamos solamente al gobierno: es éste quien en todos los países crea guerreros, sabios, agricultores y hombres. España, esta nación hoy paralizada, tiene necesidad de una gran sacudida que la saque del letargo político en que se encuentra. (…/…)
…, sus ceremonias religiosas, sus curas, sus frailes han hecho de esta colosal nación un pueblo de pigmeos. (…/…)
El orgulloso, el noble español se avergüenza de instruirse, de viajar, de tener algo que ver con otros pueblos. ¿Pero las ciencias que él desdeña, las artes que desprecia no son nada para su felicidad? ¿No tiene necesidad de ellas para hacer que los ríos sean navegables y trazar los canales de comunicación con objeto de transportar lo superfluo de una provincia a otra? ¿No tiene necesidad de ellas para perfeccionar su navegación, su agricultura, su comercio; para sus primeras necesidades o para sus recreos, para librarse del yugo demasiado riguroso de los curas, para rechazar los errores peligrosos, de los prejuicios más peligrosos todavía; en fin, para formar legiones en el arte de defenderse, y de impedir que lo despoje algún ambicioso vecino? ¿Qué les faltaría para ser felices que no fuese el deseo de serlo ? ¡Pero querer es un trabajo para una nación perezosa y soberbia !
El español tiene aptitud para las ciencias, existen muchos libros, y, sin embargo, quizá sea la nación más ignorante de Europa. ¿Qué se puede esperar de un pueblo que necesita permiso de un fraile para leer y pensar ? ¡El libro de un protestante es proscrito por ley, sin que importe sobre qué tema trate, por la sola razón de que el autor es protestante. Toda obra extranjera es detenida: se le hace un proceso y se la juzga; si es vulgar y ridícula y sólo puede corromper el espíritu, se le permite entrar en el reino, y se puede comprar esta especie de veneno literario en todas partes; si, por el contrarío, es una obra inteligente, valiente, pensada, se la quema como atentatoria contra la religión, las costumbres el bien del Estado: un libro impreso en España sufre regularmente seis censuras antes de poder ver la luz, y son un miserable franciscano o un bárbaro dominicano quienes deben permitir a un hombre de letras tener genio. (…/…)
Hoy, Dinamarca, Suecia, Rusia, la misma Polonia, Alemania, Italia, Inglaterra y Francia, todos estos pueblos, enemigos, amigos, rivales, todos arden de una generosa emulación por el progreso de las ciencias y de las artes. Cada uno medita las conquistas que debe compartir con las demás naciones, cada uno de ellos, hasta aquí, han hecho algún descubrimiento útil, que ha recaído en beneficio de la humanidad. Pero ¿qué se debe a España ? Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa? España se asemeja hoy a esas colonias débiles y desdichadas que tienen necesidad permanente de un brazo Protector la metrópoli; es preciso ayudarle con nuestros descubrimientos ; también se parece a los enfermos desesperados, quienes, sin sentir su enfermedad, rechazan los brazos que les aportan la vida. Sin embargo, si es precisa una crisis política para salir de este vergonzoso letargo, ¿qué‚ esperan todavía? Se han apagado las artes, las ciencias, el comercio.“
¿ Como reaccionaría ese vecino del sur tras la publicación de este texto?: El gobierno de España a través de uno de sus brazos ejecutores amparado por la legalidad borbónica vigente, -la Inquisición- consiguió una inmediata incautación de la obra, de todos los tomos de la Encyclopedie que habían llegado a Madrid para su distribución. Se conseguía preservar así al pueblo de lecturas innecesarias y que, a todas luces, habían sido redactadas de una forma tergiversada y manipulada con el único ánimo de debilitar la mayor gloria del Reino español y de su gobierno.
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Y es que no había sido la primera vez que el Reino de España, no recibía buenas críticas de parte de los librepensadores ilustrados. Así, Charles Louis de Secondat, Barón de Montesquieu, considerado uno de los padres de la moderna sociología, escribió entre 1717 y 1720 las “Lettres Persanes”.
Montesquieu llegaba a afirmar en la Carta núm. LXXVIII, por ejemplo, que todos los españoles gustan de cantar y tocar la guitarra; que son, por la naturaleza del clima, vagos, y por la tradición religiosa, fanáticos…, cristianos supersticiosos y amantes de la Inquisición.
Esta es una transcripción textual parcial de dicha Carta:
”Pues hay que saber que, cuando un hombre posee cierto mérito en España, como, por ejemplo, el de poder añadir a las cualidades de las que hemos hablado, la de poseer una gran espada o la de haber aprendido de su padre el arte de tañer una discordante guitarra, en este caso, no trabaja: su honor radica en el reposo de sus miembros. El que durante diez horas al día permanece sentado, goza exactamente de doble consideración que el que no está más que cinco, pues la nobleza se adquiere en las sillas.
…/… estos invencibles enemigos del trabajo, (…/…)
Quizá encuentres ingenio y sentido común entre los españoles, pero no lo busques en sus libros. Visita cualquiera de sus bibliotecas: las novelas a un lado y los escolásticos a otro. Parece que un secreto enemigo de la razón humana es el que ha hecho la selección y después lo ha juntado todo allí.
El único libro que merece la pena (en clara referencia al Quijote) es el que ha hecho ver lo ridículo de todos los demás.”
En España, como no podía ser de otra manera, no tardó ni un año en entrar en el índice de libros prohibidos por el Santo Oficio.
Unos cien años más tarde, en 1821, “las Lettres Persanes” fueron publicadas en España, de cuya traducción del francés se encargó el erudito José de Marchena, uno de los escasos ilustrados españoles contrario a la parálisis de estructuras y pensamiento, quien insertó una curiosa nota a pie de página -transcripción literal-:
“Tales eran, en efecto, las costumbres de los españoles a principios del siglo décimoctavo; en estos cien años han dado una vuelta entera. Ha quedado, sin embargo, en toda su robustez la superstición, la ignorancia, su compañera; ha crecido concentrándose el despotismo; se han estragado más y más las costumbres; se ha aumentado la general miseria y no se sabe en qué parará esta horrorosa progresión si no la detiene una mudanza radical en la forma de gobierno, como no sea en la extinción de la nación entera.”
Al año siguiente de esta publicación José de Marchena tuvo que exiliarse a Francia para escapar de unas fuerzas de la autoridad que se limitaban a cumplir una orden dictada por el Tribunal de la Santa Inquisición. Habían pasado cien años pero en el Reino de España parecía no haber cambiado nada.
Por cierto, Montesquieu era aquel defensor a ultranza y máximo exponente del principio básico de separación de poderes en el Estado de derecho (sí, aquello de que el poder ejecutivo y el judicial deberían de estar separados) y las Lettres persanes, las escribió a los 32 años como un divertimento.
El que quiera consultar el texto completo de las Lettres Persanes en español: aquí
Para el texto completo en francés: aquí
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Por otro lado, François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, escritor, historiador, abogado, uno de los más importantes representantes de la Ilustración y uno de los principales filósofos de todos los tiempos, también dejó constancia escrita de su opinión personal sobre el Reino de España y lo hace en referencia a su relación con Cataluña, ensalzando ésta con el conocido aforismo, “Cataluña, en fin, puede prescindir del universo entero, y sus vecinos no pueden prescindir de ella” que, curiosamente, se ha rescatado estos días en la España borbónico-parlamentaria de hoy. Así, en 1751 Voltaire escribe -textualmente-:
«Cataluña es uno de los países más fértiles de la tierra y de los mejor situados. Regada por hermosos ríos, arroyos y fuentes, tanto como la vieja y la nueva Castilla están privadas de ellos, produce todo lo indispensable para las necesidades del hombre y todo lo que puede halagar sus deseos: árboles, granos, frutos y legumbres de todas clases. Barcelona es uno de los más hermosos puertos de Europa, y el país proporciona todo lo necesario para la construcción de los navíos. Sus montañas están llenas de canteras de mármol, de jaspe, de cristal de roca, y hasta se encuentran también muchas piedras preciosas. Las minas de hierro, de estaño, de plomo, de alumbre, de sulfatos son abundantes; la costa oriental produce coral. Cataluña, en fin, puede prescindir del universo entero, y sus vecinos no pueden prescindir de ella.
Lejos de que la abundancia y las delicias los hayan reblandecido, los habitantes han sido siempre guerreros, y los montañeses, sobre todo, feroces. Pero, a pesar de su valor y de su extremado amor por la libertad, han estado subyugados en todos los tiempos: los conquistaron los romanos, los godos, los vándalos, los sarracenos.
Sacudieron el yugo de los sarracenos y se pusieron bajo la protección de Carlomagno. Pertenecieron a la casa de Aragón y después a la de Austria.
Hemos visto que bajo el gobierno de Felipe IV, irritados por el conde duque de Olivares, primer ministro, se entregaron a Luis XIII en 1640. Se les respetaron todos sus privilegios, siendo más bien protegidos que súbditos; entraron de nuevo a ser dominio austríaco en 1652; y, en la guerra de sucesión, se pusieron de parte del archiduque Carlos contra Felipe V. Su obstinada resistencia probó que Felipe V, aunque se había librado de su competidor, no podía reducirlos solo. Luis XIV, que en los últimos tiempos de la guerra no había podido proporcionar a su nieto ni soldados ni barcos para combatir contra Carlos, su rival, se los envió entonces para combatir contra sus súbditos rebelados. Una escuadra francesa bloqueó el puerto de Barcelona, y el mariscal de Berwick la sitió por tierra.
La reina de Inglaterra, más fiel a sus tratados que a los intereses de su país, no socorrió esa ciudad, lo cual indignó a los ingleses, que se hacían el reproche que se habían hecho los romanos por haber dejado destruir Sagunto. El emperador de Alemania prometió inútiles socorros. Los sitiados se defendieron con un valor doblado por el fanatismo; los sacerdotes, los monjes corrieron a las armas y a las trincheras como si se hubiese tratado de una guerra de religión. El fantasma de la libertad los hizo sordos a las proposiciones de su soberano. Más de quinientos eclesiásticos murieron en ese sitio conlas armas en la mano; podemos imaginarnos hasta qué punto sus discursos y su ejemplo habrán animado a las gentes.
Enarbolaron sobre la brecha una bandera negra y sostuvieron más de un asalto. Por último, habiendo penetrado los sitiadores, los sitiados siguieron peleando de calle en calle; y, retirados a la ciudad nueva, mientras era tomada la antigua, pidieron todavía al capitular que se les conservaran todos sus privilegios (12 de septiembre de 1714). Se les concedió tan sólo respetarles la vida y los bienes. Les quitaron la mayor parte de los privilegios; y de todos los monjes que habían sublevado al pueblo y combatido contra su rey, sólo hubo sesenta castigados; hasta se tuvo la indulgencia de condenarlos solamente a galeras. Felipe V trató más rudamente a la pequeña ciudad de Játiba en el curso de la guerra; se la había destruido hasta los cimientos para hacer un escarmiento; pero si se arrasa una pequeña ciudad de poca importancia, no se arrasa una grande, dueña de un hermoso puerto de mar, y cuyo mantenimiento es útil al Estado.
Este furor de los catalanes, que no los había animado cuando Carlos VI estaba entre ellos, y que los embargó cuando quedaron sin socorros, fué la última llama del incendio que devastó durante tanto tiempo la parte más bella de Europa, por el testamento de Carlos II, rey de España»
Obviamente las obras de Voltaire también estaban en el índice de libros prohibidos en el Reino de España.
Se puede consultar el texto completo de “Le Siècle de Louis XIV”, cap XXIII, pags 227 y 228: aquí
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Para acabar una anécdota, nuestro querido personaje Giacomo Casanova, después de pasar más de un año por las tierras de este Reino de España, se vio obligado por la autoridad a conocer las sórdidas celdas de los presidios de Madrid y Barcelona por oscuros motivos y a tener que huir a la desesperada de un intento de asesinato por parte de los lacayos del Gobernador de Barcelona. Así escribió en sus Memorias la conclusión personal de sus peripecias en este Reino de España que necesitaba de ser “zarandeado” para despertar de sus “prejuicios” y de su “pereza”. Textualmente:
“¡Pobres españoles! La belleza de su país, la fertilidad y la riqueza son la causa de su pereza, y las minas del Perú y del Potosí son las de su pobreza, de su orgullo y de todos sus prejuicios. Para convertirse en el más floreciente de todos los reinos de la tierra, España tendría necesidad de ser conquistada, zarandeada y casi destruida, y renacería apta para ser la morada de los seres felices”.
Se puede consultar el texto íntegro (en francés) en (Tomo VI, Capítulo IX, pág. 286): aquí
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Para quien le interese más datos históricos sobre el tema, puede consultar:
Sobre la Ilustración: aquí
Sobre la Enciclopedia: aquí
Sobre Masson de Morvilliers: aquí
Sobre Montesquieu: aquí
Sobre José de Marchena o Abate Marchena: aquí
Sobre Voltaire: aquí
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Para los que sigan pensando que todo fue un montaje y una manipulación de los medios de la época en connivencia con los ilustrados franceses, españoles e italianos y todo se debió a la “leyenda negra” de los enemigos del glorioso Reino de España: aquí
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